¿Hasta cuándo lloverá en Chile? Lo que viene para los próximos meses con el Súper Niño
Aluvión, tormentas eléctricas y granizos. Una serie de inesperados episodios han marcado la contingencia climática de Santiago de Chile, que registra su octubre más lluvioso desde que se tiene registro -hace más de un siglo-, tras un año marcado por el impacto del fenómeno climático El Niño.
Lo que hace sólo unos meses eran posibles escenarios, hoy se han convertido en fenómenos con consecuencias que han llevado a levantar alertas internacionales. Por lo pronto, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) ya ha advertido que las inclemencias del tiempo podrían alcanzar una intensidad extrema durante los próximos meses.
El oceanógrafo y doctor en Ciencias Juan F. González, investigador del Centro de Investigación Interdisciplinaria en Riesgo, Resiliencia y Recuperación ante Desastres (CIGIDEN R+) y profesor de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Andrés Bello (UNAB), pone un ejemplo de esto: octubre cierra con cifras “desorbitantes”.
“Al 13 de octubre, Quinta Normal acumulaba 108 mm de agua caída, un registro sin precedentes para este período desde que comenzaron las mediciones en 1857, superando a los 102 mm que cayeron en 1930”, plantea.
Muchos se preguntan hasta qué punto las lluvias pueden explicarse por El Niño. El académico UNAB dice que hay que distinguir entre la influencia del fenómeno y los factores que desencadenaron cada episodio. El Niño es un comportamiento natural del sistema océano‑atmósfera del Pacífico tropical, y hay evidencia de que ocurre desde hace miles de años, mucho antes de que se hablara de calentamiento global.
Sin embargo, el aumento de la temperatura del planeta ha propiciado que las ondas atmosféricas planetarias se reorganicen en una configuración favorable a la lluvia. Si a esto se suma que el invierno y la primavera son estaciones donde tienden a caer precipitaciones en el país, el escenario es “perfecto” para que se desencadenen todas las condiciones meteorológicas que hemos visto en las últimas semanas.
Misma opinión comparte Roberto Rondanelli, investigador del Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia (CR2) de la Universidad de Chile , quien agrega que cada evento meteorológico se enmarca dentro del contexto climático: “Estas tormentas responden a una dinámica de gran escala: no es un fenómeno aislado en Chile, sino que abarca a todo el Océano Pacífico”.
Aguas cálidas frente a las costas
Recientes imágenes satelitales han mostrado una enorme masa de agua caliente que llegó a las costas chilenas, según un mapa revelado por el servicio meteorológico de Perú, que comprueba que el calor se extendió por el litoral hacia el sureste del océano. Una evidencia similar compartieron organismos como el Servicio Nacional de Información y Datos de Satélites Ambientales de la NOAA de EE.UU.
Catalina Medina, meteoróloga de la Oficina de Servicios Climáticos de la Dirección Meteorológica de Chile (DMC), plantea que la presencia de aguas más cálidas ante nuestras costas guarda estricta coherencia con el desarrollo de El Niño. “Estas anomalías térmicas en la superficie del mar repercuten de manera directa en el régimen térmico continental”, precisa.
El académico UNAB Juan F. González describe que el informe NOAA del 8 de octubre reporta anomalías de +4,0 °C en partes del Pacífico ecuatorial oriental y de +3,9 °C en el sector Niño 3.4, la región frente a Ecuador y al norte de Perú: “Ese calor viaja por el ecuador como ondas Kelvin, choca con el continente y se propaga hacia el sur pegado a la costa”. Ya en agosto, rememora el académico, la señal cálida alcanzaba el extremo norte de Chile con temperaturas claramente sobre el promedio.
Si bien González es cauto en no sobrestimar el efecto de El Niño en las lluvias en la zona central, sí cree que existirá un impacto en el norte, donde al debilitarse la inversión térmica que mantiene seco el desierto costero y aporta humedad, un posible arribo de un núcleo frío en altura podría provocar una “respuesta violenta”, tal como ocurrió con el temporal de Atacama en marzo de 2015.
Ahora, la gran pregunta que todos se hacen es: ¿qué viene para los próximos meses?
Lo primero es saber que el informe de la NOOA proyecta una probabilidad superior al 83% de que El Niño se mantenga en categoría fuerte entre enero y marzo de 2027, y da un 83% de probabilidad de que en octubre a diciembre se supere +2,5 °C en el RONI trimestral, que es el sistema de medición de las anomalías de temperatura del Pacífico ecuatorial. Es decir, un nivel que ningún Niño ha alcanzado desde 1950.
Desde la DMC, la meteoróloga Catalina Medina afirma que los registros actuales dan cuenta de ”un evento de magnitud histórica, superando incluso las anomalías observadas en episodios previos de gran intensidad, como el denominado ‘Niño Godzilla’”.
El pronóstico de los centros internacionales apunta a que el punto más álgido del fenómeno se registrará durante el trimestre de noviembre, diciembre y enero, para luego comenzar una tendencia a la baja.
Sin embargo, habrá una diferencia: la influencia de El Niño en verano no se traducirá en mayores lluvias para la zona central, sino que en temperaturas máximas y mínimas que se elevarán por sobre los promedios históricos en gran parte del país durante el periodo estival.
Para el investigador Juan F. González, este evento será probablemente “el más intenso del registro moderno”.
En resumen, en Chile, El Niño seguirá activo todo el verano y en un nivel probablemente récord. El verano comenzará lluvioso en el centro‑sur -desde la Región de Ñuble hasta la Región de Los Lagos- seguido de calor intenso y mayor riesgo de incendios. En la zona norte y centro, en tanto, hay más probabilidad de olas de calor, temperaturas máximas extremas y mínimas al alza.
Debido a este escenario, la CONAF ha levantado las alertas debido a las condiciones de peligro de incendio activadas, especialmente en enero y febrero.
¿Hasta cuándo puede durar El Niño?
Los expertos comparten un diagnóstico: todavía no se puede afirmar si El Niño mantendrá su intensidad durante todo el invierno chileno del próximo año.
Roberto Rondanelli, del CR2 de la Universidad de Chile, enfatiza que históricamente, tras un episodio intenso, el sistema climático suele transicionar de forma acelerada hacia la fase opuesta, dando paso al fenómeno de La Niña.
“De concretarse ese giro, las condiciones se invierten: la temperatura del océano desciende y se configuran escenarios más secos para la zona central”, explica.
Dado que los pronósticos estacionales a un año plazo presentan márgenes de variabilidad, Rondanelli analiza que, de existir la probabilidad de que se presente El Niño durante el próximo invierno, la infraestructura y los organismos de emergencia deben prepararse preventivamente para enfrentar eventos de precipitaciones intensas similares a los ya registrados.
Frente a todas estas proyecciones, Patricio González, investigador del Centro de Investigación y Transferencia en Riego y Agroclimatología (CITRA) de la Universidad de Talca, hace un barrido histórico. Desde 1950 a la fecha se han producido 29 eventos del Niño, y nunca se han registrado dos seguidos. “Por lo cual, en base al análisis de años pasados, el probable escenario es que este ‘Súper Niño’ 2026 culmine durante el otoño o inicios de invierno 2027”, propone.
Estas características excepcionales llevan al académico UNAB Juan F. González a habitar un terreno incógnito respecto a lo que ocurrirá una vez que termine el verano. “No debemos olvidar que el calentamiento global, que es más permanente que El Niño -que es solo transitorio- también está influyendo en los patrones meteorológicos que controlan el clima de Chile”, recalca.
Como no existe aún un pronóstico de cara a la futura temporada invernal, González indica que el escenario recién se aclarará entre marzo y mayo, dado que los modelos actuales tienen “poca habilidad” para pronosticar a través del otoño austral. Por ahora, la posibilidad de un invierno más lluvioso de lo normal sigue abierta.
Mientras tanto, los especialistas advierten que los riesgos no se limitan a las precipitaciones. Si el fenómeno alcanza su máxima intensidad durante el verano, las temperaturas extremas y el estrés térmico podrían afectar tanto a la población como a la actividad agrícola, mientras que el calor y la baja humedad aumentarían la preocupación por los incendios forestales.
Así, más allá de cuánto dure El Niño, el desafío será anticiparse a sus distintos efectos en un escenario climático cuya evolución todavía es incierta.
Fuente: La Tercera